Emmita hoy cumples seis años y aquí estoy, escribiéndote tu carta de cumple, con lágrimas en los ojos y un trocito de mi corazón junto a mi cama, lleno de rizos, ¡ay tus rizos! Como me gustan tus rizos locos. Ayer me dijiste que lo que más me miedo te daba en el mundo es que te rechazaran y que no tuvieras un buen cumpleaños. Y me dio un pellizco en la tripa.  Y lo hablamos. Y me acabaste diciendo “mami entiéndeme, es un día muy importante para mí, es que en tu tripa sentí que podía morirme”.

Y con la superioridad -y ceguera- que te dan a veces las canas te expliqué que no, te conté, una vez más, como si fuera la primera vez, como fue tu parto, que lejos de estar en peligro, fue un parto fácil, rápido y casi indoloro. Te repetí dos veces tus partes preferidas “llenad ya la bañera, traedme la silla de partos, a la mierda la silla de partos” y como ni siquiera dio tiempo a poner una colchoneta y naciste sobre un empapador en el suelo. Y como nació tu cabeza y un ratito después, el resto de tu cuerpo, como me sorprendió tu mirada y que no lloraras ni un poquito, como te hiciste caca encima mía y como te llame por primera vez por el nombre que tú misma elegiste en mi tripa.

Me dijiste chorrocientas veces lo que me querías y discutimos sobre quien quería más a la otra, ganaste tú diciendo que me querías hasta un agujero negro, porque claro, quieres ser científica y tienes que saberlo todo sobre el Universo.

Y te dormiste.

Y yo no. 

Y pensé, recordando una conversación sobre nuestra prioridad de estilo de vida, que el estilo de complacencia surge cuando tu supervivencia se ha visto en peligro en la infancia. Ese sentimiento de culpa no me dejaba dormir, “cuando ha podido sentir esta pequeña todo eso para sentirse así” y Emmita, tú sabes que yo la culpa la he mandado lejos porque las madres de familia numerosa no podemos concedernos el lujo de perder el tiempo en esas cosas, pero ¡ay! Como me dolía.

Y se me ocurrió de repente que ese sentimiento de angustia que crees que recuerdas fue realmente así, que quizás esa sensación de peligro no fuera en tu primera infancia, sino en tu infancia uterina, que no fue en tu periodo de embrión espiritual sino físico. ¿Y si pequeña mía viviste nueve meses pensando que tu supervivencia estaba en peligro porque en vez de tener una madre que esperaba con amor incondicional los pasaste dentro de una madre que estaba muerta de culpa y de miedo?

Y lo primero que me dijiste por la mañana, como si pudieras leer la mente “si Ariel no se hubiera muerto en tu tripa, seríamos gemelas”. Directo al corazón, ¡zasca!. Llegará el día Emma en que tu espíritu de científica va a hacer que me digas otra cosa “Si Ariel no se hubiera muerto en tu tripa, yo no existiría” y créeme que ya he empezado a pensar un mogollón de historias para contarte que eso no sería posible, que existirías igualmente y que simplemente el hueco de la furgo estaría ocupado por una silla. Y estoy segura de que escucharás la historia que te cuente, me darás un abrazo, me dirás que lo entiendes y que soy la mejor madre del mundo, como me perdonas siempre todas mis cagadas. O quizás no. Y está bien porque no podemos cambiar el pasado, ni controlar el futuro, Emmita, solo tenemos el ahora y el aquí. Y ahora y aquí escribo entre lágrimas, pero junto a un tesoro de rizos.

Y es que contigo siento que he hecho muchas cosas mal, que la curva del aprendizaje que se supone que tendría que tener no ha sido así, que cuantos más hijos tienen, más aprendes y más fácil debería ser. Y con tu hermana cometí errores de primeriza, pero contigo, ¡ay contigo! Contigo la cagué sabiendo que la estaba cagando. Y ahora hecho la vista atrás y veo todo claro, el cómo y el porqué, y llegan los “y sis” y los “pero es ques”.

Y Emmita el problema no eras tú, era yo, que me quería poco. Pero ahora me quiero mucho y eso en gran medida es gracias a ti.

Quizás no fueron los mejores nueve meses, quizás yo no era lo que un bebé esperaría encontrar en el útero de su mamá, pero estoy segura de que en cuanto nos abrazamos al otro lado, en tu piel se quedó grabado que no llegaste para ser la sustituta de nadie, lo sanador que fue, es y va a ser ser tu madre, lo muchísimo que me has enseñado, me enseñas y me enseñaras sobre la vida y la muerte y la compasión, lo profundamente especial que eres y lo muchísimo que te queremos todos, a pesar de que a veces ocurran las peleas que tanto odias, Abril te ama con locura, para Vega eres su compañera de juegos preferida y Lola solo tiene ojos para ti.

Que cuando vengan tiempos menos fáciles, acuérdate de lo mucho que te amamos, acuérdate de lo mucho que te amas y que para querer a los demás, tienes que empezar por ti misma. Acuérdate de que se puede tener un mal cumpleaños y eso no significa que la gente no te quiera, y acuérdate de que tu familia se esforzó porque tu cumpleaños fuera el mejor porque sabíamos que para ti era importante, porque te queremos infinito, y acuérdate también que objetivamente no fue perfecto, sino que fue tu decisión de pensar que fue maravilloso lo que hizo que fuera “el mejor cumpleaños de tu vida”. Van a ser tus decisiones sobre las cosas que te pasen las que van a marcar la diferencia. Tú puedes elegir pensar, Emmita, que podrías tener una hermana gemela.

Hoy me gradúo como madre, ya ha terminado tu primera infancia, seis años, los seis más importantes, y da vértigo infinito, porque no he tenido tiempo para estudiar este examen, he dormido mal y no lo llevaba preparado. Aún así he aprobado, según tú, “con el mejor número”, pero yo sigo pensando que han pasado mal la lectora y en cualquier momento me vas a decir que estoy suspensa. Y estará bien Emmita, porque los hijos no venís con panes debajo del brazo, venís con hojas de reclamación. Pónmelas todas, todas las que necesites ponerme, yo te amo incondicionalmente, aunque tú sabes y yo sé que no soy siempre mi mejor versión, soy un poquito mejor cada día gracias a todo lo que tú me regalas, rizos.

También puedes ponerme una reclamación por publicar esto que es solo nuestro Emmita, me lo he pensado mucho, te lo prometo, no es fácil encontrar el equilibrio entre exponerse y ayudar, pero, ¿sabes qué?, si hubiera alguna madre que ahora mismo llorara junto a un bebé de rizos sintiéndose culpable pensando en arcoíris y estrellas, estoy segura de que tú, si pudieras, correrías a darle un abrazo y a decirle que todo va a estar bien, Emmita. Así que de tu parte, sin que sepas todavía lo profundamente valiosa que eres para mucha gente, voy a compartir esta historia del bebé de rizos locos que hoy se gradúo en primera infancia con matrícula de honor en empatía y compasión, mención honorífica en chistes de cacas XD Y con un poquito de suerte, le recordaremos a esa mamá que piensa en arcoíris y estrellas y otros eufemismos para no enfrentarnos a la realidad de que a veces la vida es una mierda, que también en sus brazos tiene el mayor regalo que la vida puede darle, seis años después sigo pensando en el enorme privilegio que ha sido, es y será maternarte.

Te quiero infinitas vueltas por el agujero de gusano.

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Hace unos años tenía a mi hija mayor en brazos y tenía muy claro la madre que quería ser. Sin embargo, en el proceso, que a priori parecía sencillo me di cuenta de que no era tan fácil cómo yo creía que iba a ser. Y es que pienso que educar no es difícil, pero si creo que es complejo reeducarnos a nosotros mismos para ser su mejor versión.

En estos años me he dado la vuelta como un calcetín, he leído, me he formado, me he equivocado mucho y sobre todo he observado, a mi misma y a mis hijas, y ahora sé que estoy en el camino de ser la madre que prometí ser. Y puedo ayudarte a que tú también te acerques a esa promesa que hiciste.

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