Tenía pendiente desde hace tiempo escribir este post, hay veces que me cuesta arrancar con los post que preveo polémicos,  pero estos días, con las tristes noticias sobre bullying que hemos tenido, me ha parecido necesario, pues muchas personas piensan que la forma de erradicar este tipo de violencia es con más violencia y no suelo decir a la gente que se confunde, pero en esta ocasión no puedo dejar de hacerlo: La violencia engendra más violencia, y no hablo solo de la violencia física que por suerte está penada por la ley y la condeno totalmente y sin excepción. Hoy más que nunca tenemos que educar para la paz y es indispensable que en nuestras casas y nuestras escuelas haya más mesas de la paz y menos sillas de pensar.

En Montessori no hay premios, ni hay castigos, sino que los niños se responsabilizan de sus actos en la medida de sus posibilidades por edad, madurez y demás características: Un guía Montessori no interfiere ni para alabar, ni para castigar, ni para corregir errores (que no son otra cosa que el motor del aprendizaje, sea del tipo que sea).  Y llevar al hogar los principios Montessori pasa por hacer este mismo viaje interior. Veamos los tres puntos clave.

Los castigos

Cuando castigamos a los niños por sus comportamientos, no estamos facilitando en absoluto la autodisciplina, la motivación intrínseca, ni permitimos que se hagan autónomos y responsables.” Si otra persona va a juzgar mis comportamientos y clasificarlos, ya no tengo que hacerlo yo” puede pensar un niño, ya no es necesaria la autocrítica, ni resolver, ni reconciliarse, ni asumir, ni responsabilizarse de su error. O peor, con el uso de premios y castigos se corre el riesgo de que el niño no innove, no cree, no desarrolle toda su creatividad, no se atreva a correr riesgos y probar cosas nuevas. Pierde su energía para guiarse a si mismo, en definitiva.

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Y muchos os preguntaréis, ¿y entonces como padres tenemos que permitirles todo? Y por supuesto que no, siempre pienso en el primo de Harry Potter cuando me hacen esta pregunta XD. Y no, no es en absoluto recomendable, parece que en algunos entornos igual que la palabra obediencia nos da grima, la palabra límite nos da urticaria. Los limites están ahí, para todos, no solo para los niños, porque son un instrumento de la sociedad para mantener nuestras libertades, y como padres, debemos informar a nuestros hijos de su existencia.

Mi libertad se termina donde empieza la de los demás

Jean-Paul Sartre

Por eso, no debemos tener miedo de explicarles a los niños los límites, ni tampoco cuando tengan edad suficiente debemos temer que participen en la creación de nuevas normas en pequeñas asambleas caseras.

Y algunos pensarán, “Tus hijas serán muy buenas”  y os diré que si, que son maravillosas, buenísimas, súper colaboradoras (para su edad y mis expectativas, para otras familias todo lo contrario :P) y que no puedo tener más suerte de tenerlas en mi vida. Pero no, no son robots, son niñas pequeñas, sus comportamientos no son siempre acordes a las normas y límites que hemos acordado/impuesto/informado (según el caso) y que cuando eso ocurre aplicamos consecuencias y no castigos. Y cuando alguien las amenaza diciendo que su madres las va a castigar siempre dicen “Mi madre no nos castiga” entre sorprendidas, orgullosas y un poco ofendidas XD Y por supuesto DAMOS EJEMPLO, porque de nada sirve la palabra si no va acompañada de la acción.

“De dónde sacamos la idea absurda de que, para que los niños mejoren, primero hay que hacerlos sentirse mal?” Jane Nelsen

Las consecuencias

Hay que tener cuidado con no utilizar la palabra consecuencia como un eufemismo de castigo. Las consecuencias suelen ser naturales: Ej. Derramar agua-recoger.  ¿Pero y si por ejemplo no quieren recoger los juguetes? Pues será algo que a ellos no les moleste pero a los adultos puede que sí (seguramente), que pisemos los juguetes y se rompan, o nos escurramos con ellos y se hagan daño. Para casos así, en nuestra casa solo hay una opción: Pactar, que recogeremos juntos o que lo harán ellos como una norma de la casa (Dependiendo de la edad, claro, ahora Abril recoge sola, sin pedírselo, sin ayuda, porque ha interiorizado la norma…)

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Muchos conflictos suelen venir por estas consecuencias no naturales y debemos gestionarlas bien, desde la empatía, la calma, sin juicios, sin tomarlo como algo personal (¡No nos desafían los niños pequeños!) y siempre manteniendo unas expectativas adecuadas. No debemos perder nunca la conexión con nuestros hijos tal y como os contaba en el artículo de rabietas. Cuando hay hermanos las soluciones varían, escribí un post al respecto… Jamás debemos permitir eso sí ninguna muestra de violencia, ni entre ellos, ni con otros niños.

Un ejemplo, si hemos acordado algo y no lo cumplen: Que recojan los juguetes antes de cenar y no lo hacen, no podemos simplemente dejarles sin cuento (porque a priori una acción no tiene nada que ver con la consecuencia), excepto si explícitamente hemos pactado previamente que si quieren leer tres cuentos antes de dormir tiene que estar el salón recogido, como una norma de la casa, pues el tiempo invertido por los padres en recoger juguetes sustituye al de los cuentos. Este tipo de normas y límites son difícil de aceptar e interiorizar por niños menores de tres años (en los que su mente es absorbente inconsciente, tal y como vimos en el artículo sobre los cuatro planos del desarrollo en Montessori) y con los mayores funciona mucho mejor si ellos mismos han participado de la creación de las normas pues se sienten integrados y se involucran. Se comprometen. Cuando sean demasiado pequeños para participar en esta creación de normas, los padres no debemos olvidarnos de la empatía y del punto del desarrollo en el que están los niños.

También hay veces que no podemos permitir que experimenten las consecuencias de sus actos y en la mayoría de los casos, estas prohibiciones tienen que ver con su seguridad, el respeto a los demás o nuestras convicciones (El. Cruzar solos, maltratar al gato o derrochar agua). Y hay que impedirlo, con cariño, pero con firmeza. Distraer si son muy pequeños es la mejor opción y acompañarles en sus frustraciones, sin juzgar (tenéis más consejos sobre como gestionar las rabietas aquí) nuestra labor.

Lo sé, es complicado, en los cursos Montessorizate! siempre cuento que cuando Abril tenía tres años me dijo un día “Mamá, y si vas con el coche y te ponen una multa, es un castigo o una consecuencia”. Me quede a cuadros y le devolví la pregunta y me dijo que un castigo, le expliqué que podría parecerlo pero que cuando te sacas el carné de conducir tienes un compromiso de no ir a x velocidad y si lo incumples, estás incumpliendo ese trato y que las leyes están para protegernos (lo del afán recaudatorio de algunas administraciones lo obvie un poco jiji). A ella le siguió pareciendo un castigo y desde luego es un debate muy interesante (que os animo a tener en los comentarios). La frontera entre castigo y consecuencia es una línea muy delgada.

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Los premios

En definitiva, mejor evitar el castigo porque además no funciona, ¿pero y los premios? Los premios parecen algo positivo pero en el fondo son la cara B de los castigos. De hecho, en investigaciones sobre los procesos mentales que se llevan a cabo en el conductismo, se ha demostrado que el uso de solo castigos,  no es eficaz, es necesario completarlos con premios para que el método tenga éxito. Dar una de cal y otra de arena, como se suele decir popularmente. Sobre conductismo podríamos hablar largo y tendido, es un tema al que le tengo mucho cariño porque gracias a él me di cuenta de que M.A. era inteligente XD

María Montessori lo resume muy bien en La Mente Absorbente (podéis consultar más bibliografía recomendada aquí)

Los premios y los castigos, en cuanto resultan extraños al trabajo espontaneo del desarrollo del niño, suprimen y ofenden la espontaneidad del espíritu. Por esto no pueden darse en las escuelas que, como las nuestras, quieren defender y hacer posible la espontaneidad. Los niños dejados libres, son absolutamente indiferentes a los premios y a los castigos. 

El elogio vacío

No quisiera terminar sin hacer referencias a las elogios vacíos, que mal utilizadas son algo parecido a los premios. Me refiero al “muy bien”, tan común y habitual y con el que corremos el riesgo de que el niño empiece a realizar su trabajo espontáneo para recibir un comentario nuestro. Por ejemplo el niño pequeño en el parque que empieza a llenar un cubo de arena y sus abuelos no dejan de repetir muy bien a cada palazo, se desvía de su objetivo principal (llenar el cubo de arena, una actividad sensorial donde se practican un montón de destrezas) para hacer felices a sus abuelos. Y esto que nos parecen tan lindo y cándido, en la adolescencía puede ser muy peligroso (sustituye abuelos por amigos y palazos por chupitos y el escenario se vuelve terrible).

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De nuevo, os pido mesura, tampoco es necesario ser un padre-piedra: Compartir su alegría por sus logros y acompañarles y  animarles en sus desafíos es natural. Abusar del “muy bien”, utilizarlo de manera indiscriminada, inespecífica y casi automática tiene un efecto poco deseable: que hagan ciertas cosas para obtener nuestra aprobación y que además les cree una cierta adición.

Si no podemos evitar el halago, siempre es mejor concretar,  alabar el proceso en vez del resultado, y centrar la atención en el niño y no en nosotros. Conectar al fin y al cabo. Hay un artículo muy interesante de Alfie Kohn al respecto “Cinco Razones para dejar de decir “Muy bien”, y os propongo su lectura pues además nos ofrece alternativas ( Este artículo es un resumen de un tema del curso Montessorizate! que ya está terminando su fase tester, y en él os cuento varias alternativas más)

Espero que os haya mostrado mi postura y sobre todo que os haya hecho plantearos vuestras propias conclusiones.

“Lo peor es educar por métodos basados en el temor, la fuerza, la autoridad, porque se destruye la sinceridad y la confianza, y sólo se consigue una falsa sumisión.”

Albert EINSTEIN

Os espero en los comentarios.

¿Intentáis evitar premios, castigos y alabanzas vacías?

¿Cómo educáis para la paz?

¡Feliz lunes!

 

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